Año nuevo

Lejos estaba aún de su casa. El monte estaba particularmente oscuro. Un viento arremolinado insistí­a en tirarle ramas, hojas y lo que fuere en la cara. Vení­a con la espalda cargada de leños, para su modesta cocina. El Ruben seguramente ya habí­a carneado el chivo y la estaba esperando. Hací­a mucho que no lo veí­a. Desde ese dí­a que él volvió de la cosecha de la papa, con olor a vino. Sin plata. Sucio. Y le pegó. Ella lloró dos dí­as y al tercero lo echó. Discutieron todo el cuarto dí­a y al quinto Ruben se fue. Hoy se volverí­an a encontrar. í‰l le habí­a enviado un mensajito para que pasaran ese fin de año juntos. Después de todo, romperse por dentro es una forma de pedir perdón. Después de todo, lo hecho, hecho está. Ella dudó, no lo quiere, pero lo hizo por la Marcela, tan chiquita y sin su papá. Bastante tiene con las privaciones materiales.

Carla bajó de la camioneta, repleta ésta de bolsas de supermercado. Llamó a su empleada para que las descargara. En realidad no hizo falta llamarla, ella ya estaba allí­, al sentir el motor de la poderosa maquinaria, se habí­a aprontado cerca del garaje. Sabí­a que la señora Carla se enfurecí­a si las cosas no se hací­an rápido. Qué distinto era allá en Catamarca! QUé distinto era en su niñez!. El tiempo valí­a uno y no medio. Las cosas se saboreaban y no se consumí­an. El apuro era para los partos y para los accidentes. No más. Aquí­, Carla la poní­a en un frenesí­ continuado. En un bailongo eterno. Triste, anodino. Los chiquitos de la casa gritaban, peleaban, aullaban. Era año nuevo. Todos estaban estresados.

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